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Roberto Pocaterra Ruiz ||//
Erdoganistan

Desde el 16 de abril de 2017 Turquía será regida por un presidente que reúne en sí todos los poderes, con un parlamento sin voz, con una justicia obsecuente y con un ejército dispuesto a cumplir servicios pretorianos No es para celebrar. Obtener el 51% de los votos en un plebiscito donde movilizó electoralmente a todos sus ministros, declarando guerra verbal a gobiernos democráticos, y dividiendo a la nación en dos partes irreconciliables, no es ganar.

Tampoco fueron elecciones libres. Todo lo contrario: tuvieron lugar bajo condiciones determinadas por un estado de excepción, bajo estricta vigilancia militar y en un ambiente plagado de miedos.

Desde los días en que fracasó el intento de golpe de estado (Julio de 2016) Erdogan gobierna por decreto.

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Ya hay más de 50.000 opositores en las cárceles (en ningún golpe participa tanta gente). Más de 100.000 funcionarios han sido despojados de sus cargos. El número de políticos y profesionales, artistas e intelectuales, solicitando asilo político a los gobiernos de Europa, crece y crece.

En nombre de la lucha en contra del golpismo, Erdogan ha dado –antes del plebiscito- un perfecto golpe de estado.

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El plebiscito, en consecuencias, no iba a ser una alternativa entre dos formas de gobierno sino la consagración institucional de una dictadura de facto.

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Bajo esas condiciones el dilema frente al plebiscito era, para Erdogan, ganar o ganar. Y con ese estandarizado y más que dudoso 51%, el dilema fue resuelto.

Desde el 16 de abril de 2017 Turquía será regida por un presidente que reúne en sí todos los poderes, con un parlamento sin voz, con una justicia obsecuente y con un ejército dispuesto a cumplir servicios pretorianos.

Más aún: el de Erdogan será un gobierno sometido a una potestad sobrepuesta a la Constitución.

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Esa no es otra que la ley religiosa. Después del plebiscitito, Alá será Dios, Mahoma su profeta y Erdogan, el padre de todos los turcos. Y si es instaurada la pena de muerte, Erdogán será, además, el dueño de la vida de cada ciudadano.

La unidad entre autocracia y teocracia ha comenzado a consumarse sobre esa Turquía que en un momento pareció avanzar hacia la modernización económica y política, conducida por el propio Erdogan.

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Pero hoy Erdogan ha sucumbido frente a las tentaciones que provienen del poder absoluto. El despotismo que viene del pasado se impuso sobre la posibilidad democrática que aguardaba en el futuro.

El dudoso triunfo de Erdogan tendrá para Europa consecuencias aún más desastrosas que el Brexit.

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El segundo afecta a la economía y solo muy débilmente a la política europea. El primero, en cambio, afecta a todo el sistema de defensa militar continental.

Turquía, si permanece en la NATO, será un socio poco confiable.

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Si Erdogan la necesita, será solo para convertir a Turquía en la principal potencia islámico-asiática (militar y económica) en contra de las pretensiones ruso-sirias y no para proteger al mundo occidental de sus enemigos.

Más grave aún es constatar que después del plebiscito turco, el ideal democrático ha experimentado un retroceso a nivel internacional.

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Erdogan ha pasado a sumarse a la ya larga lista de gobiernos i-liberales (eufemismo que designa a los gobiernos anti-democráticos).

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Desde el 16-A Turquía será otra dictadura más, otra de las tantas que ensombrecen la vida del planeta.

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Ha nacido la república de Erdoganistan.

Si Erdogan logra limar diferencias con la Rusia de Putin mediante un acuerdo en torno a lo único que los separa, Siria, el peligro que se cierne sobre Europa, además de político, será geopolítico.

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Más peligroso aún si se considera que ambos autócratas poseen fuertes aliados en los países europeos. Putin tiene detrás de sí a los partidos ultraderechistas y ultraizquierdistas (desde el Frente Nacional francés hasta el Podemos español) todos anti- UE.

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Erdogan a masas de emigrantes islámicos integrados a nivel económico, pero no cultural y mucho menos políticamente, a la sociedad europea.

Hay que tener en cuenta, a modo de ejemplo, que Erdogan perdió el plebiscito en Estambul, pero lo ganó en Alemania, país donde los turcos residentes –la mayoría desde hace mucho tiempo establecidos- votaron mayoritariamente por el “sí”, es decir, en contra de la democracia.

El futuro político europeo se ve mal.

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Y después que Trump llamó por teléfono a Erdogan para felicitarlo efusivamente por su “triunfo” plebiscitario, ese futuro se ve peor.

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